JESÚS SE QUEJA DE LA FRIALDAD DE NUESTROS CORAZONES

Continuamos hoy comentando este largo apartado que nos deja ver unas pinceladas del Corazón de Jesús. “¿Sabes cómo te estaba esperando con el corazón oprimido? ¡Ves que solo me encuentro! Si tú no vinieras me encontraría enteramente huérfano. Tú también hijita mía, eres huérfana y conoces qué amargo es sentir la orfandad” (DE43). Jesús se siente “huérfano”… qué misteriosa suena esta expresión. Jesús huérfano. La condición de orfandad implica para todo niño la sensación de haber perdido algo básico, elemental. 

El sentirse solo, sin apoyo, abandonado. No tener al padre y a la madre como refugio. Carecer de las ternuras y consuelos que provienen de la madre. Sentirse sin protector ni guía. Es una condición que marca para siempre el alma del niño y del adulto. La orfandad a menudo engendra inseguridad en la vida y amargura. “¿Quiénes son mi Madre y mis hermanos?”, se preguntó Jesús un día en el que la muchedumbre se agolpaba para escucharlo ..y pasando la vista alrededor dijo: “éstos son mi Padre, mi Madre y mis hermanos”. “¡Aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi Padre y mi Madre y mis hermanos!” Jesús plantea la vida cristiana como la vida en familia. 

Nos está pidiendo que lo consideremos como un miembro vivo de nuestro hogar. El miembro más importante de la familia. La realidad es que Jesús se siente huérfano cuando nosotros no lo tomamos en cuenta en nuestra vida. Cuando nos dice que se siente como huérfano: solo y abandonado nos está revelando su corazón. Es una revelación que él nos hace de sus más íntimos sentimientos. Se siente de verdad abandonado por nosotros. Nos comparte con sinceridad lo que siente en su corazón. ¿Cómo se siente un huérfano que vive en la calle? Desolado, entristecido, rechazado, despreciado. ¿Cómo se siente aquel huérfano que ha sido vinculado a otra familia y no es sinceramente acogido por ella? Está “por demás”, como algo “accesorio”, “sin importancia”, “soportado pero no amado” y con cierta frecuencia rebajado de su condición de persona, reducido a una “cosa”. “¡Qué amargo es sentir la orfandad!” 

Le dice Jesús a Isabel quien experimentó a la muerte de su madre la total soledad. La historia familiar de Isabel fue muy dura. Su padre murió a consecuencias de la terrible guerra de 1914-1918. Prácticamente no lo conoció; era muy niña. Vivió en una gran pobreza. Era la más pequeña de doce hermanos. Sus hermanos mayores van muriendo. Cuando tenia doce años muere su madre. 

Se queda con la única hermana mayor que sobrevive; al poco tiempo también muere su hermana. Se va a vivir con una tía materna, al poco tiempo también muere ésta. Tiene que huir de esa familia porque se siente una extraña, y regresa a Budapest donde no tiene quien la acoja. Va a vivir en la calle, ¡una niña de doce años! ¡Qué valiente! Tendrá que “trabajar” ganando una miseria para no morirse de hambre. Esos años de su adolescencia fueron de dolor y combate; forjaron el alma de Isabel y le dejaron un carácter recio, fuerte, luchador, perseverante que deberá dominar. Dios permitó todo esto en la vida de la Sierva de Dios para volverla fuerte y prepararla a esa vocación del combate espiritual contra Satanás.  

Las enseñanza que el Señor nos da es muy clara: experimenta de nuestra parte una gran frialdad y olvido. La Virgen le dirá a Isabel que en Hungría hay muchas familias “muy frías”, como la suya. El gran efecto de la Llama de Amor es “incendiar las familias” con el fuego del Espíritu Santo. Hacer pasar los corazones fríos e indiferentes de los cristianos a una actitud de verdadero amor a Dios. Esa frialdad se manifiesta en el descuido de la presencia real del Señor en la Eucaristía. 

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