REVESTIRSE CON LA CORAZA DE LA JUSTICIA (Efesios 6,14)

En el combate espiritual contra Satanás, además de ceñirnos con la Verdad, debemos revestirnos de la coraza de la Justicia (Ef 6,14). La palabra justicia significa “santidad”. Dios es el Santo, el Justo por excelencia. Jesús nos dice: sean Santos como su Padre celestial es Santo. En el Bautismo somos “revestidos” de la Santidad de Dios. Optamos por ser de Cristo y rechazamos categóricamente a Satanás. Dios es el único que nos puede justificar, es decir perdonar nuestros pecados y comunicarnos su propia Vida. Somos justificados por la Gracia divina de manera gratuita, no lo merecemos. No son nuestras obras, por buenas que parezcan, las que nos merecen la Gracia de Dios, y con ella la salvación eterna. No tenemos ningún derecho a la salvación eterna. Dios nos salva gratuitamente, por puro amor. Pide, para justificarnos, que creamos en Él, en su palabra y que colaboremos con su gracia por medio del arrepentimiento. 

Sin Fe en Dios es imposible la salvación. La justificación exige de parte del pecador un proceso de conversión. Tomamos conciencia de lo que significa ser pecador, nos duele haber ofendido a Dios, nos arrepentimos, renunciamos conscientemente al pecado y nos adherimos a Jesucristo por el Bautismo, rechazando a Satanás. Se da una activa y permanente colaboración con la gracia de Dios para rechazar el pecado que ya no debe tener lugar en nuestra vida. Los sacramentos nos impulsan constantemente a llevar una vida separada del pecado. Aquí debemos hacer notar una diferencia muy importante entre la concepción tradicional de la Iglesia y la manera de ver errónea del protestantismo acerca de la justificación. La Iglesia nos enseña que Dios nos justifica transformando totalmente nuestra alma en imagen viva de Jesucristo. El pecado original y los pecados actuales son perdonados y borrados de verdad. 

Somos realmente santificados por la Gracia Divina. Para que este proceso de justificación sea una realidad, el hombre debe creer en las verdades reveladas por Dios, arrepentirse de sus pecados, abandonar el mal, creer en Jesucristo como su Señor y Salvador, y vivir de acuerdo a Su divina Voluntad. Para Marín Lutero y bastantes de sus seguidores el pecado no desaparece. Seguimos siendo pecadores. El bautismo solamente nos sobrepone la santidad de Cristo como si fuese “un vestido”, pero por debajo seguimos en pecado. Esta posición teológica es verdaderamente trágica y absurda. Fue condenada por el Concilio de Trento. No podemos ser al mismo tiempo santos y pecadores enemigos de Dios. Esta manera de concebir la justificación ha hecho desgraciadamente un daño inmenso. Si “creer”es lo único que importa para ser salvo (fe fiducial), entonces no estamos obligados para salvarnos a producir las “obras de misericordia”. 

Según estas ideas podemos seguir proclamando la fe en Cristo y seguir viviendo en pecado porque la sola fe basta para salvarnos. Dicho de otra manera: No importa que vivamos en pecado con tal de que proclamemos a Cristo como nuestro Salvador. Lutero le decía a Melanchton: peca fuerte pero cree más fuerte. La verdadera doctrina de la Iglesia es que Dios no nos justifica por la sola Fe. No basta decir creo en Cristo para “ser salvo”. Es preciso que esta Fe se manifieste en la vida diaria por las obras, tal como nos dice Santiago: “Yo te mostraré mi Fe por las obras”. Cuando San Pablo dice que nos debemos revestir de la coraza de la justicia nos está diciendo que debemos vivir en Gracia de Dios y producir las obras de Cristo. 

El combate espiritual tiene por primer objetivo conservar la Gracia Santificante, la Vida divina, la Vida eterna de la que nos habla Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida Eterna y Yo lo resucitaré en el último día”. La mejor defensa contra la acción diabólica es vivir en Gracia de Dios. Cuando se vive en pecado mortal quedamos a la merced de Satanás. Infinidad de cristianos, por ignorancia o por culpable descuido viven en pecado grave y son víctimas de la acción del enemigo. No asumen aquella máxima: primero morir antes que pecar. Viven como si no estuviesen bautizados. Practican las obras de las tinieblas: visitan brujos, hechiceros, santeros, adivinos; creen en el espiritismo, juegan la uija, invocan al demonio, viven en adulterio o en unión libre, rechazan el sacramento del matrimonio, practican o defienden la homosexualidad, abortan o apoyan el aborto, roban, cometen injusticias, etc. y siguen tan tranquilos. 

Esta maneras de vivir proviene de esa manera de pensar: basta proclamar la fe en Jesucristo para ser salvos. La Iglesia nos enseña que no podemos vivir en pecado mortal. Para salvarnos debemos vivir y morir en Gracia de Dios. No es válido decir: me arrepiento en mi corazón y todo queda arreglado. La Fe de la Iglesia nos enseña que para recuperar la Gracia es necesario pasar por el Sacramento de la Reconciliación y emprender una vida nueva, alejada del pecado. Al asumir esta “coraza de la Justicia” el corazón del discípulo de Cristo está protegido contra los engaños de Satanás. Tanto vale la Gracia de Dios que es preciso protegerla por todos los medios; es preferible perder esta vida temporal y perderlo todo antes que perder la Gracia de Dios.

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