EL COMBATE CONTRA LA SOBERBIA

El discípulo de Cristo debe en primer lugar y antes que cualquier otra cosas luchar contra las tendencias personales a la “soberbia”.  Es el principal y más importante de los combates que debe emprender contra Satanás. El orgullo es el pecado de los demonios. Es el inicio de todos los demás pecados. Atrae sobre las personas, las familias, los pueblos, las naciones y el mundo las maldiciones de Dios. “Principio de la soberbia es alejarse del Señor, apartar el corazón del Creador. Porque principio de la soberbia es el pecado, el que se aferra a ella difunde iniquidad. Por eso el Señor les infligió asombrosos castigos, y abatió a los soberbios hasta aniquilarlos. (Eclo 10:12–19). El primer efecto del pecado de la soberbia en las familias es el rechazo a la oración. Infinidad de familias “católicas” no oran diariamente y mucho menos llevan una vida de verdadera piedad. Viven en pecado grave. Esto constituye  una ofensa al Creador, Dueño y Señor de todo cuanto existe.

No reconocer su Señorío por ignorancia, por indolencia o por malicia.  Se trata de un verdadero desprecio y una enorme ingratitud hacia el Padre. Las maldiciones (males, enfermedades, desgracias, miserias que no son necesariamente materiales, vicios, división, corrupción moral, posesiones, desviaciones espirituales y religiosas,  etc…) llegan a estas familias como consecuencia del pecado de soberbia. El Demonio vuelve fríos los corazones. Cuando les llega la desgracia se preguntan: ¿Y por qué a mí; y por qué a nosotros nos pasa esta desgracia; ¿qué hemos hecho para merecer tanto dolor, tanta miseria? Dios es malo, Dios es ingrato. Y se resienten contra Dios. Aquí actúan los espíritus de ceguera y sordera espiritual.No se trata realmente de que Dios les envíe el mal como una venganza sino de que al no amar, no creer en Dios y NO SOLICITAR SU GRACIA, quedan a merced de los espíritus malignos.

No basta que alguien en la familia ore solitariamente. Es la familia entera la que debe reconocer a Dios como a su Señor y humillarse ante Él. De aquí vienen las bendiciones sobre las familias. Si examinamos el Diario vemos cuán numerosas son las prácticas concretas de oración que se piden u ofrecen a las familias para que se conviertan en Santuarios de Dios.  Principalmente los sacramentos, y entre éstos la “confesión frecuente” de los pecados ante el sacerdote. Fruto espantoso de la soberbia es el ateísmo, el pecado más grave de todos porque conduce a la condenación eterna. (Heb 11,15; 2 Tes 2,8-12). La Virgen habla de las familias “muy frías” para con Dios. La soberbia produce la “ceguera espiritual”: no se distingue el bien del mal. Por ese motivo los soberbios se precipitan en la inmoralidad (adulterio, fornicación, homosexualidad, perversiones sexuales, alcoholismo, drogadicción, robos, asesinatos, …) ya que no pueden obtener las gracias de Dios contra las tentaciones. 

La raíz de todas las desgracias que acontecen a las familias es precisamente esta: no oran, o no oran lo suficiente. La labor de los padres de familia es ante todo “su propia conversión”. Deben someterse humildemente a Dios  y reconocerlo por lo que es: el Señor y Dueño de todo cuanto existe. Rendirle el homenaje que Él se merece para que obtengan para ellos y sus hijos las gracias que necesitan.  Una vez convertidos los padres de familia deben educar a sus hijos en el reconocimiento de la Santidad del Señor y en el rendimiento total de sus vidas a Jesucristo, Dios hecho hombre, Redentor nuestro. No hay excusa que valga. Con Dios no se juega. O se someten o se someten.  Dios da las gracias en la medida en que las merecemos. En el caso de familias frías y alejadas de Dios es casi siempre el padre de familia la raíz de ese ateísmo práctico. Su frialdad irradia hacia la esposa y hacia los hijos. Cometen un gran pecado al dar mal ejemplo.  Muy a menudo la causa de este ateísmo práctico es fruto de la falsa ciencia.

 Las personas “instruidas” en las ciencias de este mundo, pero  que no son humildes, están a la merced de los espíritus malignos del orgullo. Igualmente les pasa a los que se han dedicado a buscar el  “poder” económico, político, militar. Si no oran y obtienen de Dios las gracias, son engullidos por los espíritus malignos de la prepotencia, violencia, abuso de autoridad, crueldad, injusticia. Hay familias que son verdaderos infiernos en los que reina Satanás y sus miembros viven en la zozobra espiritual y en la angustia, oprimiéndose unos a otros. La causa de esto es simple: no se han vuelto con humildad hacia quien les puede dar la Paz. Jesús nos dice: “Mi Paz les dejo mi Paz les doy” (Jn 14,27).  El Diario Espiritual nos lleva de la mano hacia la Paz de Cristo.

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Un comentario

  • Elizabeth Tapia

    Gracias padre Sergio por su dedicación a catequizarnos la llama de amor.
    soy mexicana y quisiera que me orientara por favor para encontrar en mi país un ministerio de sanación y liberación al que pueda acudir porque lo necesito mucho y mi familia también.
    ya que usted estuvo un tiempo viviendo en México tengo entendido.

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