EL GLORIA AL PADRE, AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO

La palabra “doxología” significa alabanza a Dios. En las celebraciones litúrgicas, (Misa, Oficio Divino, Sacramentos) existen numerosas doxologías u oraciones a través de las cuales se rinde gloria a Dios. Entre los católicos la más frecuente de las alabanzas al Dios trino es el “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos”. Esta pequeña doxología es como el resumen de todas las demás. Las doxologías nos llevan a comprender que la finalidad de la vida del ser humano, y de toda la creación, es la glorificación del Creador. Hemos sido creados para dar gloria al dueño y Señor de todo cuanto existe. En esa breve frase le expresamos al Padre Celestial todo nuestro amor, y todo el honor y la gloria que Él se merece. 

La frecuencia con que el “Gloria al Padre” viene a nuestros labios se debe sin duda al rezo del Santo Rosario que es la oración más popular en el mundo católico.  Así como en el prefacio de la Santa Misa la iglesia nos invita a levantar el corazón hacia Dios para darle gracias, alabarlo y glorificarlo, al término de cada decena elevamos nuestro corazón al Padre, Hijo y Espíritu Santo para rendirle nuestro homenaje de adoración. ¿Por qué le damos gloria a Dios después de cada decena? Porque en cada misterio de la vida de Nuestro Señor Jesucristo que vamos meditando descubrimos la más grande de las Obras divinas: la encarnación del Verbo para nuestra redención. 

Si los portentos que contemplamos en la creación del universo material merecen que admiremos, agradezcamos y glorifiquemos a Dios Creador, ¡con cuánta mayor razón debemos admirarlo, agradecerle y glorificarlo por el Don de su Hijo a la humanidad!  Cristo es la gloria del Padre. En el rosario vamos meditando la Palabra de Dios y contemplando cada uno de los misterios de la vida de Jesús. Desde la Anunciación hasta la Resurrección y terminando con la coronación  de la Santísima Madre y de la Iglesia, vamos viviendo con María y con todos los ángeles y santos del cielo, los pasos de Jesús. 

En cada misterio adoramos a Jesús y le expresamos nuestro amor. Lo que más honra y gloria da al Padre es que amemos, honremos y glorifiquemos a su Hijo. No hay nada que más humille y golpee el orgullo de Satanás y del mundo de las tinieblas que la glorificación del Dios verdadero. En su ceguera y resentimiento el Demonio no soporta que se dé gloria a Jesucristo. Es tan estúpido que se ha llegado a creer “dios” y en su fija e inamovible obsesión  exige abusivamente que le adoremos y le rindamos culto. Las sectas que adoran a Satanás han nacido inspiradas por los demonios. Actualmente los grupos luciferinos y satánicos están proliferando como los hongos venenosos, de una manera alarmante. En ellos se cantan salmos de alabanza y de adoración al Demonio; en muchos se perpetran actos de inmunda bajeza y hasta sacrificios humanos. 

El rezo del Santo Rosario es nuestra gran defensa personal y familiar contra las obras de los espíritus infernales y de sus seguidores. La devoción a la Llama de Amor  convierte cada familia en un Santuario en donde se da gloria y honor al Dios verdadero. Allí donde se invoca y glorifica al Señor la Gloria de Dios desciende y se establece como esa nube que cubría el Arca de la Alianza y guiaba como columna de fuego al pueblo de Israel por el desierto.  El Señor se hace presente en las familias en donde sus miembros lo honran y glorifican como Él se lo merece. Glorifiquemos a Dios con el Santo Rosario y protejamos nuestras personas y nuestras familias de todos esos ataques del mundo de lo oculto. Todo el amor, todo el honor y toda la gloria sean para el Padre, Hijo, Espíritu Santo.

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