MARÍA ES EL CAMINO HACIA JESÚS

Para rezar el Rosario con fruto lo primero que debemos tener es una absoluta confianza en el poder de la Virgen María. Si la Señora no fuera en las manos de Dios el instrumento privilegiado para la salvación de toda la humanidad no tendrían sentido las apariciones y mensajes tan numerosos que Él nos da a través de Ella. Y si el Rosario fuera una banalidad sería incomprensible que la Virgen insistiera tanto en pedirlo y exigirlo. Todos los seres humanos tenemos la experiencia íntima del amor. Nuestros pensamientos y sentimientos giran constantemente en torno a los valores supremos de nuestro corazón. El que ama piensa constantemente en el ser que ama. El corazón está obsesivamente pendiente del ser amado. Hay un fuego misterioso que embebe el corazón y lo sumerge en el corazón amado. Día y noche arde ese fuego que de dos personas hace una. Y cuando los que se aman están separados experimentan el más grande suplicio y dolor. Es como un infierno. Y cuando los que se aman están presentes el uno al otro, es como un cielo anticipado.


Quien no ama no tiene esa experiencia. Piensa en cosas, en planes y proyectos, su mente y su corazón están constantemente ocupados en objetos materiales. En el poder, en el dinero, en la gloria, en infinidad de cosas que son en sí banales con apariencia de importantes. Los que no aman son fríos e insensibles. Carecen de valores espirituales. Son los más desdichados de la tierra. Han puesto su corazón y su existencia en lo material. Creen que aman; en realidad son sólo prisioneros de su egoísmo. Nuestro peligro mientras vivimos en este mundo es preferir las cosas materiales al amor. Necesitamos un guía que nos abra la puerta y nos conduzca al valor supremo que es el Amor con A mayúscula. Los cristianos somos ciudadanos de dos mundos. Con un pie en la tierra y con el otro en el Cielo. La tierra es lo
pasajero, el Cielo es lo definitivo. El Camino que nos lleva a la Patria definitiva es Jesucristo.

Si no queremos recorrer ese camino estamos condenados al espejismo de lo material. Necesitamos un guía experto que nos introduzca en el conocimiento de ese Camino. El guía es el Espíritu Santo. En todas las páginas del Diario Espiritual encontramos que entre María y Jesús existe la más grande intimidad, el Amor perfecto, pleno, total. El amor de la Madre por el Hijo es tal que Ella se opaca totalmente ante Jesús. María solamente busca los intereses de su Hijo: la salvación de las almas. Éstas se salvan en la medida en que conocen a Cristo y se identifican con Él amándolo. El anhelo de Dios es que todos sus hijos conozcan a Jesús. Jesucristo, hombre verdadero, no tuvo un amor humano más elevado que el de su Madre. La Trinidad nos dio a Jesús por medio de María.

El designio divino es que a través de María conozcamos a Jesús. Cuando iniciamos el rezo contemplativo del Rosario comenzamos a gozar de la intimidad de la Madre que nos va conduciendo en permanente caminar con el Hijo y hacia el Hijo. Aprendemos poco a poco a rezar el Rosario. Descubrimos entonces que el Rosario no consiste en recitar el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria, sino que se trata de vivir permanentemente en la intimidad con la Virgen María. Es una permanente respiración. Una conversación constante con Jesús y María, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Si la Llama de Amor ciega a Satanás es porque Nuestra Señora derrama el efecto de gracia en nuestros corazones. Ese efecto de Gracia es el conocimiento de Cristo.

Comparte la Llama de Amor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *