UN CORAZÓN COMPASIVO

La Santísima Virgen le dice a Isabel: “Es tu corazón compasivo el que te hace merecedora de transmitir mi Llama de Amor. Y todo el que sienta conmigo estará también con derecho a recibir esta gracia grande con que salvaremos las almas de la eterna condenación” (17 de enero de 1964). Dios es compasivo y misericordioso. La persona compasiva es la que sufre con el que sufre. El Dios verdadero, el Dios de Israel y el Dios de Jesucristo, es esencialmente diferente de los falsos dioses paganos que son por naturaleza egoístas, inmisericordes, violentos, indiferentes a los sufrimientos de los hombres. Hasta tal punto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo para que el mundo no perezca. Jesús es el compasivo por excelencia que lleva sobre sí nuestros sufrimientos. María al pie de la cruz participa en grado sublime de la compasión de su Hijo por la humanidad caída. 

La gracia de la Llama de Amor es la expresión de la compasión del Inmaculado Corazón de María por la humanidad que en estos momentos está recibiendo un ataque satánico como no lo ha habido antes en su historia. El motivo fundamental de esta compasión de María hacia sus hijos es la de evitar la condenación eterna de las almas: “A través de ti quiero hacer pública, mi hijita carmelita, la angustia que brota del amor sin límites de mi Corazón maternal por el peligro que amenaza al mundo entero por la desintegración de los santuarios familiares. Mi grito de socorro maternal lo dirijo ante todo a ustedes y en unión con ustedes quiero salvar al mundo” (DE 17-1-1964). Debemos abrir los oídos y comprender la importancia de lo que la Virgen María nos está diciendo: “en unión con ustedes quiero salvar al mundo”.  El cristiano, por la acción de Espíritu Santo, debe adquirir un corazón compasivo y misericordioso como el de Cristo.  La tragedia más grande que puede afligir a un ser humano es la pérdida de su alma.

La angustia que expresa el Inmaculado Corazón de María se centra en el “peligro” que amenaza al mundo entero “por la desintegración de los santuarios familiares”. Ella lanza un “grito de socorro maternal” para alertarnos: “en unión con ustedes quiero salvar al mundo”. La gracia de la Llama de Amor es un “esfuerzo inmenso” que María comienza a desplegar para “cegar a Satanás”. La Virgen nos habla de la “congoja de su Corazón” por la destrucción de las familias.  Ella quiere “compartir” con nosotros esa congoja que la abruma para que de nuestra parte transmitamos la Llama de Amor. Ese corazón “compasivo” que tiene Isabel la hace merecedora de transmitir la Llama de Amor.  La compasión a la que se refiere la Virgen  es su propia compasión de Madre de la Iglesia y de la humanidad, de la que nos hace partícipes. Al amar las almas como Ella las ama tenemos “derecho” a recibir la gracia de la Llama de Amor “con que salvaremos las almas de la eterna condenación”.

El “esfuerzo inmenso” del que nos habla la Virgen consiste en primer lugar en la conversión de las familias “católicas” que han entrado en un tremendo letargo por la pérdida de la fe. Es necesario revivir a esa multitud de familias que han perdido la identidad católica y vegetan en una tremenda mediocridad espiritual.  El gran llamado a la compasión lo hace María en primer lugar a los padres de familia. Son ellos los que tienen la gran vocación y misión de rescatar la identidad católica de su hogar por medio de la renovación de la fe propia y la de sus hijos. Ser compasivo con nosotros mismos significa en primer lugar buscar la salvación de la propia alma.  La caridad comienza consigo mismo. En segundo lugar buscar la salvación de cónyuge y de los hijos. Los cónyuges que no buscan la salvación de su pareja y la de los hijos fallan gravemente a su primera responsabilidad.

  Combatir al enemigo con la gracia de la Llama de Amor nos impone el principal de los deberes: orar y sacrificarnos intensamente por la salvación y santificación de los seres amados: la familia. Seguidamente evangelizarlos llevando hacia ellos la Palabra de Dios y la práctica de la vida cristiana en el hogar. Es en el interior de la familia donde se está centrando el combate contra el enemigo de nuestra salvación. En el interior del hogar está el último reducto del combate contra Satanás. Si lo perdemos, perdemos todo. En el exterior el enemigo tiene prácticamente todo ganado con el dinero, la política, los medios de comunicación, el poder, la cultura. Han logrado expulsar a Cristo de todos los ámbitos significativos de la vida social. El enemigo de Dios quiere ahora encarnizadamente imponerse en el interior de los hogares corrompiéndolos desde la raíz. De nosotros, padres de familia, depende que le digamos: ¡Basta! Nuestro gran deber es evangelizar la propia familia. Eso lo haremos con la gracia de la Llama de Amor.

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