EL AYUNO QUE LLEVA FRUTO (5)

Jesús no fue al desierto con el objetivo de ayunar. Los evangelistas sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas nos dicen que Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu Santo para ser tentado por el Demonio y que durante esos cuarenta días no comió ni bebió. Al final sintió hambre y fue entonces cuando se presentó el tentador. Es decir Jesús no fue a cumplir ningún precepto del ayuno porque en la Ley de Moisés no existe ninguna prescripción que obligue a ayunar. En el Pentateuco solamente se nos presenta a Moisés contemplando a Dios y dejando de lado  comer y  beber no como un objetivo sino como una circunstancia secundaria.  Dios llamó a Moisés a la desértica cumbre del Sinaí para revelarle su voluntad, para hablar con él.  Jesús es llevado al desierto por el Espíritu Santo principalmente para contemplar el rostro de su Padre, como el Nuevo Moisés.

Los cuarenta días con sus noches nos recuerdan los cuarenta años pasados por el Pueblo de Dios en el desierto, antes de entrar en la tierra prometida.  El Demonio va a tentar a Jesús de la misma manera que tentó al Pueblo de Dios en el desierto. Más tarde los evangelistas nos muestran a un  Jesús que buscaba la soledad para orar, para hablar con su Padre. Jesús va al desierto para orar, y como Moisés, deja de lado el comer y beber. Lo importante es contemplar el rostro de Dios. La vida de Jesús es de permanente penitencia y santidad.  En los últimos libros del Antiguo Testamento se dan numerosos ejemplos de ayuno colectivo y de ayuno personal, sobre todo cuando el pueblo es víctima de calamidades, de fracasos, de sufrimientos. Se proclaman ayunos para reconocer los pecados nacionales y pedir perdón al Señor.  Se busca obtener clemencia ante los castigos que Yahvé inflige a su pueblo por sus infidelidades. Se ayunaba para obtener un corazón “quebrantado y humillado” y lograr una verdadera conversión. El pueblo debe apartarse de todo lo que lo distrae para poder escuchar a Dios.

El verdadero ayuno no consiste en dejar de comer y de beber, sino como los profetas lo dicen, en apartarse del pecado, de las malas obras, de las injusticias cometidas contra el prójimo. El fruto del ayuno debe ser un corazón contrito y humillado, lleno de amor a Dios y al prójimo, especialmente a los más pobres y necesitados. Los profetas van a fustigar ásperamente los falsos ayunos, hechos por vanidad, sin arrepentimiento, sin conversión. ¿Ayunó Jesús? Seguramente que sí porque como fiel Israelita cumplía con las costumbres y tradiciones de su pueblo, pero no hizo del ayuno un instrumento de vanidad, de autoperfeccionamiento, de rutina, de hipocresía.  Jesús puso en guardia a sus discípulos contra la manera de proceder de los fariseos que habían perdido el sentido del verdadero ayuno. Dejaban de comer pero su corazón estaba lejos del Señor. 

Los discípulos de Jesús debemos seguir su ejemplo y sus  palabras. Es notoria su enseñanza: estos demonios solamente se sacan con oración y ayuno. El ayuno debe ser apoyo para la oración, pero no un fin en sí mismo. Quienes están atacados por la acción de los espíritus malignos de una manera extraordinaria deben orar intensamente y ayunar de comida, pero sobre todo de aquellos pecados que han abierto la puerta a los demonios. Mucha gente quiere ser liberada pero no contribuyen ni con su propia oración intensa y perseverante, ni con el sufrimiento reparador que representa la renuncia a los alimentos y a sus malas acciones. Piensan que unas cuantas “oraciones de liberación” pronunciadas por sus hermanos, o los exorcismos del sacerdote,  bastarán para romper las cadenas que los afligen.

En el Diario Espiritual Jesús y la Virgen piden a Isabel Kindelmann que ayune estrictamente, a pan y agua, para obtener gracias para los demás, para reparar los pecados, para domar las pasiones, para obtener la gracia de la Llama de Amor y su expansión en el mundo, para cegar al Demonio. El ayuno tiene un gran valor si es hecho con las condiciones que Dios exige: gran humildad, discreción, profundo arrepentimiento de los pecados, abandono de aquellas acciones y costumbres que han abierto las puertas al Maligno, edificación del prójimo por medio de la práctica de las obras de misericordia. La práctica del ayuno se puede desgraciadamente vaciar de su sentido si la centramos en nuestro propio perfeccionamiento o en motivo de vanidad.

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