LOS SACERDOTES SON EL PRINCIPAL OBJETIVO DE LOS ATAQUES DIABÓLICOS

Los sacerdotes configurados con Cristo por el carácter sacramental del Orden, son imágenes de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. El odio del Demonio se concentra en Jesucristo y su obra: la Iglesia. Cuando el Demonio ataca al sacerdote busca no solamente herir a su persona individual, sino sobre todo al Cuerpo de Cristo por entero. Sin sacerdotes empeñados en vivir santamente su vocación, la Iglesia se debilita y se destruye. Los primeros que deben revestir la coraza del combate espiritual son los sacerdotes (Ef 6,12). Ante aquellos que han aceptado a Jesucristo los espíritus infernales no tienen “teóricamente” poder, pero la triste realidad es que todos hemos pecado y hemos quedado debilitados espiritualmente.

Los antiguos pecados personales, aunque hayan sido perdonados, dan al reino de las tinieblas una cierta influencia sobre aquellos que los cometieron. Aunque el sacerdote se haya consagrado con toda sinceridad el día de su ordenación, lleva consigo las debilidades que el pecado ha ocasionado en su alma y en su cuerpo (1Cor 6,15-18). Dios no llama al sacerdocio a candidatos impecables o perfectos. Cada uno trae las debilidades generales de la condición humana, su propia historia, su herencia espiritual familiar. Sin embargo “el diablo no puede vencer ni sojuzgar a nadie, sino a los que han hecho alianza con el pecado” (San Agustín)

 Los demonios atacan con mayor encarnizamiento a los jóvenes llamados al servicio de Dios porque quieren destruir o contaminar el árbol desde su raíz. Los niños son su principal objetivo. Busca corromperlos y apartarlos del Señor desde el inicio de su vida. El ataque a los futuros sacerdotes comienza ya en el seno de la familia, para que los padres, los niños, los adolescentes, los jóvenes rechacen la vocación al sacerdocio o a la Vida Religiosa. Cuando Dios llama a alguien al sacerdocio le garantiza su gracia para que pueda vencer las tentaciones del maligno (1Co 10,13), pero esta victoria es fruto de la lucha contra el pecado (Ef 6,12…). Los demonios pueden producir en las personas diversas enfermedades espirituales, psíquicas y también físicas. Los sacerdotes no son la excepción. San Pablo dice que llevamos la gracia de Dios en vasos de barro (2Co 4,7). Los Apóstoles cargados con sus defectos fueron llamados a seguir a Jesús. Todos fueron tentados, sin embargo solamente uno se perdió. El origen de la tragedia de Judas fue que “acogió a Satanás en su corazón” (Jn 6,70; 13,27), no luchó contra la acción diabólica. Asimismo los sacerdotes y consagrados, si no tienen gran vigilancia, se pueden convertir en instrumentos del reino de las tinieblas. 

Los numerosos casos de pederastia en el clero así lo atestiguan. Para proteger a sus ministros de su propia flaqueza, la Iglesia desde siempre estableció normas y cautelas. Especialmente el Concilio de Trento pidió que los seminarios y casas de formación fueran dotados de directores espirituales y de confesores competentes. La formación del clero fue una prioridad. Sin embargo después del Concilio Vaticano II más de 100.000 sacerdotes dejaron su ministerio; actualmente cada año más de 2500 consagrados siguen abandonando su vocación, después de haber profesado sus votos. Esto no es simplemente un frío dato estadístico. Detrás de cada deserción se esconde un drama personal: el fracaso de una vocación. También se esconde una dolorosa realidad: un gran descuido en la formación del clero. La acción diabólica no discernida y no combatida. No estamos luchando contra la carne y la sangre sino contra los principados y las potestades (Ef 6). No se puede enfrentar al Demonio con recetas “psicológicas”. En muchos seminarios y casas de Religiosas se ha dado más importancia a la consejería del psicólogo que a una Dirección Espiritual de calidad. 

En el Diario Espiritual la queja de Jesús saca a la luz del día la gran frialdad de muchos sacerdotes y consagrados en la vida religiosa: “Ves hijita mía, ¡qué despreocupadamente pasan su vida muchas personas a Mí consagradas!¡con qué ociosidad desperdician el tiempo a su gusto! A Mí también me tiran unas migajas que caen de la mesa como a un mendigo. …A ustedes también tendré que decir: ¡Apártense de Mí, malditos, porque no han representado la causa de mi Reino, porque no han hecho valer aquello para lo que yo les había llamado” (DE 16-8-62). La devoción a la Llama de Amor implica que oremos y nos sacrifiquemos intensamente para obtener la santidad de los consagrados.

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