EL DEMONIO ASTARTÉ (2)

Jesucristo ha venido para destruir las obras del Diablo (1Jn 3,8).  Toda la vida de Jesús se centró en este objetivo. Predicó, sanó a los enfermos del cuerpo y liberó a las víctimas de la opresión diabólica (He 10, 37-38; Mt 4,24; 8,16). Murió en la cruz y nos arrancó con su muerte de la muerte eterna. Nos dio Vida Nueva: hizo de nosotros “hijos de Dios”. Jesús nos introdujo en la vida íntima de la santísima Trinidad para hacernos gozar para siempre de ese amor infinito con el Padre – Hijo – Espíritu Santo. El objetivo del Diario Espiritual es llevar la familia entera a la santidad de vida cristiana. No se habla directamente en sus páginas del proceso de liberación ni de las consecuencias que provienen de las prácticas diabólicas. El Diario, aunque nos abre los ojos sobre la acción demoníaca, no se detiene en ella.  Presenta la lucha de Isabel contra Satanás, pero no se centra ni se extiende en este tema. Habla sobre todo  de cómo debe proceder la familia para llegar a la santidad cristiana. En el Evangelio igual;  solamente se nos dice que Jesús expulsaba demonios. Se nos dan ejemplos claros de posesiones diabólicas (Mr 5,1-20; Mt 9,32; Mt 15,21-28; Mt 17,14-21 etc.), pero no se habla de lo que queda por hacer después de la expulsión. 

La liberación de la acción diabólica es un proceso muy doloroso y que dura mucho tiempo. Es un período esencialmente penitencial y de conversión. El ejemplo más luminoso de liberación es el de María Magdalena. La victoria satánica más trágica y dolorosa es la caída de Judas. En el Diario Espiritual de manera velada se trata de este tema cuando Jesús insiste notablemente  en la reparación, en el sacrificio, en el dolor, en los sufrimientos que Él envía a Isabel para purificarla de las  consecuencias del pecado. Esa purificación la exige Jesús por los pecados personales de Isabel, de su familia y de la humanidad entera. No se dice que la sierva de Dios haya incursionado en el ocultismo. Todo pecado trae graves consecuencias para el alma, el cuerpo y el ambiente que nos rodea, pero los que peores consecuencias arrastran son los que se cometen contra el primer mandamiento (idolatría, superstición, magia, adivinación, hechicería, espiritismo, prácticas de culto a los demonios, etc.).  Los espíritus infernales tienen una característica. Cuando alguien les ha rendido culto se sienten con derechos sobre esas personas y los reclaman. 

La santidad de Dios es tan grande que la Justicia Divina exigió la muerte de Jesús para reparar la gravedad de la ofensa hecha al Creador y Señor.  Cada pecado personal debe ser reparado totalmente por el arrepentimiento sincero y la penitencia. No pensamos en esto. Nos imaginamos que basta con recitar un yo pecador, confesarnos y  hacer la penitencia que nos da el sacerdote. La gran verdad es que no tenemos un verdadero, sincero y total arrepentimiento de nuestros pecados. No tenemos conciencia de la Santidad de Dios. Mucha gente busca “oraciones de liberación” (y de exorcismos en el caso que sean necesarios), pero no lo hacen por amor al Dios que han ofendido, sino por su bienestar personal. Una vez “aparentemente liberados” de lo más “grueso” siguen su vida de mediocridad y de pecado. Lo que les interesa es “sentirse bien”. Los demonios siguen teniendo poder sobre ellos porque siguen teniendo “puertas abiertas”. 

Debemos tener una visión clara, en lo posible, de lo que nos espera hasta el final de la vida: los espíritus demoníacos no cesarán de reclamar lo que una vez fue de ellos y que Cristo les arrebató. Esto nos obliga a estar siempre en guardia y a solicitar de manera permanente el auxilio divino para no ser arrastrado de nuevo a las tinieblas. El mensaje, la gracia y el instrumento de la Llama de Amor del Inmaculado Corazón de María viene en nuestro auxilio en estos últimos tiempos. Es absolutamente necesario que cada familia asuma de manera sensata su realidad. O hay una verdadera y sincera conversión del corazón en todos los miembros o Satanás tendrá poder sobre ellos y no dudará en ejercerlo. Infinidad de hogares de bautizados son infelices por su propia culpa. Su amor por el Señor es completamente mediocre, no ponen en práctica la Palabra de Dios, son negligentes en el asunto de su salvación eterna. Para poder entrar en el Reino de los Cielos, dice Jesús, hay que hacerse “violencia” (Mt 11,12), y solamente los que llevan la cruz de Jesús se salvan.

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Un comentario

  • María Mercedes Rojas Pérez

    Solo con el santo Rosario venceremos estos embestidas del demonio, porque a diario nos quiere hacer caer

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