CARTA NO.77: HOMOSEXUALIDAD 9

Queridos padres y madres de familia, los cristianos no podemos ver la “homosexualidad” como la ven los medios de comunicación. “El mundo, el demonio y la carne”, nos venden un producto que ellos llaman “homosexualidad” y que sirve a sus intereses. El ateísmo se ha fabricado una visión propia del ser humano que está muy lejos de la visión de Creador. Los cristianos sabemos que somos “personas”· Dios nos ha creado por amor. Somos infinitamente amados. Somos únicos. Somos irrepetibles. Somos hijos amadísimos de un Padre infinitamente bueno y sabio. Dios es providente, no comete errores. No puede crear a algo o alguien defectuoso. El Señor no nos creó feos, ni violentos ni soberbios, ni borrachos ni drogadictos, ni envidiosos ni codiciosos. El Señor nos creó a su imagen y semejanza, es decir a imagen de Jesús el Verbo encarnado. Puso en nuestra alma y en nuestros corazones los más bellos sentimientos, los más grandes anhelos. Puso su propia imagen en lo más profundo de nuestro ser. El Señor no nos trajo a este mundo para hundirnos en la miseria, la tristeza, el dolor, la desesperación, la autodestrucción, el autorrechazo. No, Dios nos creó para hacernos infinitamente felices, para que nuestra existencia en este maravilloso paraíso terrenal fuera pura dicha. ¿Qué ha pasado?


Los que hemos aceptado la Divina Revelación sabemos que toda la desgracia del hombre, del mundo y del universo entero proviene de la malicia de los ángeles caídos que renunciaron a su vocación y rechazaron al Creador. Dios no puede hacer nada imperfecto; si así fuera, no sería Dios. El mal del hombre, su desgracia, su tristeza, su fracaso tiene una raíz: la acción de los espíritus malignos. Eso dice la Palabra de Dios. Por la envidia del Demonio entró la muerte al mundo. Quien no comprende esto se parece al que está armando un rompecabezas y le falta la pieza principal. Tan grande es la sabiduría del Creador, tan grande su amor y su misericordia por nosotros, que habiendo todos pecado en Adán (Rom 3,23) quiso restaurarnos, redimirnos, salvarnos, “re crearnos” en su propio Hijo Jesucristo. Lo que llamamos conducta homosexual (igual que toda otra conducta pecaminosa) tiene su raíz en la herida profunda que Satanás hizo en el corazón del ser humano. Al rechazar el plan de Dios sobre el hombre, Adán destruyó el equilibrio interior que Dios le había dado. Se volvió incapaz de dominar las maravillosas fuerzas que había recibido del Creador y éstas se convirtieron en pasiones que lo arrastraron a la muerte.

Los hijos de Adán experimentamos en nuestro interior la rebelión de estas pasiones. Si no tenemos la ayuda divina estas fuerzas nos destruyen. La ira, la ambición, la gula, la envidia, la pereza, la lujuria, la soberbia son pasiones que desbocadas llevan al hombre a la desgracia. Lo que llamamos homosexualidad es una de las expresiones de la pasión de la lujuria. Para sanear y liberar esta zona de la personalidad del peso del pecado original Dios nos ha dado por Jesucristo el don del Espíritu Santo. Los dones y frutos del Espíritu Creador hacen de nosotros “hombres nuevos” redimidos por Cristo. La
sexualidad de todo hombre es redimida por la acción de la gracia de Dios. Aquel que se deja llevar por las fuerzas de las pasiones se comporta como el “hombre viejo”, sin Cristo, sin Salvador, sin Redentor. Los sentimientos homosexuales, la conducta homosexual no es “ningún orgullo”. Al revés, es un retroceso hacia la debilidad del pecado original. Los padres de familia que ven en sus hijos estas tendencias o sentimientos deben ayudarles a descubrir al Espíritu Santo Consolador.

Los siete Dones producen los doce Frutos. Entre estos tenemos: la modestia, la continencia y la castidad. La homosexualidad se sana por medio de la acción del Espíritu Santo en el interior del alma y del cuerpo. La Llama de Amor nos da el instrumento privilegiado para impedir que la acción de los espíritus malignos de la lujuria pueda penetrar en nuestra mente y en nuestro corazón. Al invocar con Fe y perseverancia la ayuda de la Madre Inmaculada de Cristo Jesús, los demonios de la lujuria quedan ciegos, atados, imposibilitados de actuar. Y esto es para todos los espíritus malignos de la naturaleza que sea. La Virgen los ciega, los ata y los expulsa. Para que esto pueda realizarse debemos ser humildes y sencillos. El reino de los Cielos, dice Jesús, es de los niños. Si no nos volvemos como niños no podemos gozar del poder de la Llama de Amor. Los soberbios no tienen cabida allí; ellos se creen capaces con sus propias fuerzas de construir un mundo “nuevo” a su medida. Pobrecitos ilusos. Solamente acogiendo con Fe la oferte del Inmaculado Corazón de María, su Llama de Amor, lograremos la victoria contra Satanás.

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