LOS ESPÍRITUS MALIGNOS BUSCAN SEPARARNOS DE DIOS

Al meditar el mensaje que el Señor nos da a través de la vida de Isabel Kindelmann comprendemos que Dios tiene para cada persona un designio propio, único. Isabel, nacida en un hogar marcado por el dolor y la pobreza nunca pensó que ella sería el instrumento divino para dar a la Iglesia una gracia extraordinaria, urgente y de gran eficacia para combatir la acción diabólica en los últimos tiempos. Su humildad y obediencia le permitieron cumplir los designios de Dios en su vida. El Creador tiene para cada ser humano un designio único, particular. En la medida en que cada persona cumple con ese designio por medio de la humildad y la obediencia el plan de Dios sobre toda la humanidad se realiza y en consecuencia viene la armonía, la paz y la felicidad para las personas. Lo más importante para cada ser humano es aceptar con fe y humildad el plan que Dios tiene para él. Desde toda la eternidad el Creador, en su infinita sabiduría nos ha llamado a participar con Él en su creación, dándonos a cada uno un papel que desempeñar, como si fuese un drama.

El punto fundamental para cada uno consiste en realizar este “personaje” a la perfección. El error en el que podemos caer está en querer cambiar el personaje, en darle nuestra propia interpretación, en vez de someternos a la visión del “Director” de la obra, que es el mismo Dios. El terrible error de Lucifer, el ángel más bello y adornado con los más preciados regalos de parte del Creador fue el de querer hacer su propio “drama”, su propia interpretación de la Obra de Dios. Quiso suplantar al Director y pasar de ser un actor, a ser el dueño del teatro y de la obra. El desastre fue total. Peor aún, quedó entenebrecida su otrora luminosísima inteligencia, incapaz de comprender que es imposible convertirse en otro Dios. En su ceguera arrastró tras de sí a un tercio de los otros magníficos espíritus y los hundió en su proyecto estúpido. Más todavía aún, se empecinó en arrastrar tras de sí a las criaturas débiles y por naturaleza inferiores que somos nosotros los hombres.

El fracaso de cada ser humano que viene a este mundo consiste en imitar a Lucifer. En querer hacer nuestro propio “papel” en la Obra del Creador, suplantando su designio por nuestra propia manera de concebir la existencia nuestra, de los demás y del mundo. Estos espíritus transformados en malignos o infernales persiguen con ahínco a cada ser humano para convencerlo de que en vez de hacer la voluntad del Creador, haga su propio proyecto de vida. El punto más importante de la estrategia de los seguidores de Lucifer es cegar, confundir la inteligencia de cada ser humano por medio de la Soberbia. La raíz del pecado de los ángeles es el ensoberbecimiento de la propia persona. Es querer hacer la propia voluntad rechazando el plan que Dios les había señalado en la obra.

Es como si el pincel le dijera al pintor no quiero pintar lo que tú quieres sino lo que yo quiero. La obra diabólica, satánica, por excelencia es la de convencernos de que quien tiene razón es el hombre y que Dios es un obstáculo para la propia realización. De aquí viene el caos. Allí donde los hombres hacen su propia voluntad y dirigen este mundo según sus propias ambiciones se instaura el reino de Satanás que es el reino de la Muerte. Somos como esos árboles torcidos por el viento desde que nacimos  y que Dios, para salvarnos, tiene que enderezarnos. Podemos decir que todo el trabajo de los espíritus malignos se basa en un terrible engaño y tiene un sólo objetivo: llevarnos a hacer nuestra propia voluntad: Salvarnos por nuestras propias fuerzas dejando de lado del plan de Dios.

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