EL DEMONIO HACE A LOS SUYOS A SU IMAGEN Y SEMEJANZA

El Creador nos hizo a su imagen y semejanza (Gn 1,27; 5,1-2)Nos hizo inteligentes, capaces de conocer la Verdad. Nos dio un corazón para amar porque Él es amor (1Jn 4,8;4,10; 4,16). Nos dio una memoria para recordar y tener presente los acontecimientos de nuestra existencia para glorificarlo, bendecirlo y entrar en relación amorosa con Él.  Nos dio un alma y un cuerpo para habitar en nosotros como en su templo vivo. En su plan al crearnos a su imagen y semejanza Dios nos destinó a ser sus hijos y a formar una familia espiritual con Él.  Al darnos a su Hijo el Creador nos dio el modelo al cual todos debemos conformarnos, es la imagen de Dios perfecta que debe “vivir en nosotros”. Jesús contempla permanentemente el rostro de su Padre. Vive siempre en íntima comunicación amorosa con Él. Jesús es amor, no puede odiar a nadie, porque Él y el Padre son uno (Jn 10,30; 14,20). Jesús es la Verdad porque su Padre es la Verdad.

Jesús es Señor de todo cuanto existe porque su Padre es el Dueño y Señor de todo, porque nada existe fuera de su Padre. El Corazón de Cristo es el Corazón del Padre celestial. Somos pues infinitamente amados en Cristo. Nuestro destino es volver al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo que es el Don del Padre y de Hijo.  Estamos destinados a ser infinitamente felices por toda la eternidad gozando del amor pleno de la Santísima Trinidad. Esa es nuestra grandeza: somos hijos auténticos de Dios en el Hijo. Cuando hablamos de los seres espirituales que rechazaron el plan de Dios sobre ellos estamos hablando de los demonios. Su caída no fue un fracaso del plan de Dios, al contrario es la prueba irrefutable del amor de Dios por sus criaturas. Les dio la libertad porque Dios es amor y solamente en la libertad se puede amar de verdad. Ellos libremente por soberbia quisieron separarse de Dios y establecer su propio reino. No siendo más que pobres criaturas se quedaron con lo mínimo: la existencia. 

Existen en su propia naturaleza dada por Dios pero sin los atributos que hubieran merecido si hubiesen amado al Señor. No pueden amar, no pueden vivir en la Verdad, no pueden participar en la obra creadora de Dios, no pueden respetar lo que es de Dios por derecho de creación; viven en la angustia permanente, en la soledad infinita, en la oscuridad total, en la tristeza, en la desesperación. Los demonios no pueden amar lo que es puro, santo, inmaculado. Ellos son lo contrario de la belleza, del arte. Son la fealdad horrenda y absoluta. No puede haber bondad en sus “corazones”; son fríos, soberbios, altaneros, déspotas. Se odian unos a otros, están salvajemente sometidos al más fuerte quien actúa sobre los más débiles con odio infernal. No pueden ser leales. Son esencialmente mentirosos, falsarios, engañadores. Todo lo que dicen es mentira. Son todo lo contrario de lo que Dios ES.  Si Dios es la Fuerza, ellos son totalmente débiles y están absolutamente sometidos a su creador. No pueden ni siquiera pestañear si Dios no se lo permite. Si Dios es LUZ ellos son absolutamente oscuridad. Si Dios es VIDA ellos son completamente MUERTE. Entre los demonios y nosotros hay una gran diferencia: la naturaleza. 

La naturaleza de los demonios es “angélica”. Son espíritus puros, superiores a nosotros a pesar de que se hayan separado de Dios. Como pecamos en Adán, quedamos sometidos al poder diabólico en una cierta medida, mínima, pero suficiente para que ellos nos puedan dañar.  Debemos saber todo esto  para no ser víctimas de lo único que pueden hacer: tentarnos, ofrecernos falsedad. Por todo esto y por muchísimo más que no podemos comprender los humanos somos incapaces por nuestra propia inteligencia y propios poderes para liberarnos de su influencia maléfica. El amor del Padre nos protegió desde el mismo instante de la caída de Adán. No nos dejó totalmente a la merced del odio demoníaco. Nos dio a su Hijo, nuestro Salvador y Redentor. Ese Dios nos amó tanto que nos dio la libertad para que lo amáramos libremente. Si le entregamos el corazón nos restaura y nos hace hijos en su Hijo con mayores  privilegios  que los que teníamos antes de la caída. 

Si no lo queremos amar sino que queremos formar parte del mundo de la oscuridad entonces caemos bajo el poder de los mentirosos, que nos odian sin medida porque seguimos siendo imágenes de Dios.  En ese caso nos volvemos a imagen y semejanza de ellos. Quienes pertenecen al mundo de las tinieblas ya en esta vida desarrollan las mismas características que su “padre” (Jn 8,44). “Vuestro padre el Diablo” dijo Jesús a los que le odiaban. Quienes se entregan al Demonio se vuelven imágenes de él: odian y se odian,  se autodestruyen, asesinan, matan, son sucios de alma y cuerpo, son rebeldes a la autoridad legítima, desobedientes a sus padres, engañan, roban, viven en la mentira, se autoidolatran, odian a Dios, son ateos, rechazan a Dios en todas las formas, pervierten a los demás, especialmente a los niños, promueven la guerra, la idolatría del dinero, y como dice Jesús su destino es la soledad eterna, el infierno. Para evitarnos eso Dios nos da, por medio de las llagas de su Hijo y por la intercesión de María, el efecto de gracia de la Llama de Amor.

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